Toda ópera prima es, en esencia, un acto de audacia y una declaración de principios. Es el mapa con el que un cartógrafo novicio traza por primera vez los contornos de su mundo interior: un universo que, aunque se nutre de arquetipos milenarios —el amor, la muerte, el tiempo, la soledad—, busca una voz propia, una inflexión única en el vasto coro de la literatura.
En mi lectura de Seda y Poesía, del poeta hondureño Aldu Sabillón, encuentro precisamente esa cartografía: un territorio lírico donde la delicadeza del hilo (la seda) se entrelaza inseparablemente con la geografía de la herida (la poesía que brota de ella). Sabillón no escribe poemas; erige refugios verbales contra la intemperie del olvido y, al hacerlo, nos invita a descifrar un lenguaje donde el silencio pesa tanto como la palabra, y la ausencia se torna una presencia casi corpórea.
La obra se despliega como un mapa de la melancolía, pero una melancolía que no es estéril ni pasiva. Es, por el contrario, un espacio activo de búsqueda y de invocación. Como un detective de lo inmaterial, el lector persigue junto al poeta los Vestigios de una presencia amada.
La búsqueda se articula en una geografía a la vez cósmica e íntima: “Te busqué en las entrañas de la aurora / en el susurro apagado de canciones errantes [...] y en los callejones olvidados / donde la vida se refugia en sombras cansadas”. Sabillón no se limita a la imagen visual; su poética es auditiva y táctil. El “susurro apagado”, el “hálito tibio”, la “brisa que apenas roza la piel” son signos sensoriales que construyen una realidad a partir de su propia evanescencia.
La figura amada no es un cuerpo, sino una estela: “un soplo silencioso / como un océano donde el viento / ya ha clausurado sus olas”. Esta última metáfora es de una potencia sobrecogedora. La imagen de un océano silenciado, con sus olas clausuradas, es la perfecta alegoría de un amor que fue vasto y poderoso, pero cuyo movimiento ha cesado, dejando solo una calma infinita y terrible.
Esta pugna entre la presencia recordada y la ausencia palpable alcanza su clímax en poemas como Ocaso. Aquí, el andamiaje estructural del mundo exterior se desmorona para reflejar el cataclismo interior. La naturaleza no es un mero escenario, sino una extensión simbiótica del dolor del poeta: “El sol desangró su luz sobre mi lecho” no es un atardecer, es una herida cósmica.
Las nubes no se desplazan: “huyeron hasta teñir el cielo / sombrío de tus ojos”. El yo lírico se disuelve en el paisaje y, a su vez, el paisaje se impregna de su subjetividad. La noche adquiere una cualidad casi gótica, con su “hálito de sepulcro” y su “magia funesta”, transformando el duelo en un rito nocturno donde la vida “se disuelve / y resurge en la penumbra / como un fantasma errante”.
La palabra se convierte en el único acto de resistencia: “Pronuncié tantas veces / tu nombre en el vacío, que las luciérnagas [...] lo recitaron con murmullos al amanecer”. He ahí el poder demiúrgico del poeta: su insistencia verbal es tan potente que obliga a la naturaleza a aprender y repetir su lamento.
Sin embargo, sería un error reducir Seda y Poesía a un simple lamento elegíaco. El poema Quédate opera como un contrapunto esencial, un ancla terrestre que rescata al amor de la mera abstracción fantasmagórica. La invitación no es un paraíso utópico, sino una felicidad construida con los materiales más humildes y genuinos: “el aroma del café recién molido”, “la tortilla recién sacada del comal de mamá”, el placer de andar “por caminos empedrados / por callejones enlodados / bebiendo el perfume de la tierra húmeda”.
De pronto, la “ninfa” inalcanzable de otros versos adquiere la posibilidad de una existencia tangible. Sabillón demuestra aquí una madurez poética notable al comprender que el amor más grande no reside en lo grandilocuente, sino “en la magia de lo cotidiano”, en lo “puro / como el junco blanco / de Santa Bárbara”, una referencia que enraíza su universalidad en la geografía concreta de su tierra.
Un manifiesto estético y vital, el poeta revela que el amor verdadero no reside en grandes gestos utópicos, sino “en la magia de lo cotidiano”. La frase “Porque el amor reside en lo simple / en lo que no obedece a reglas ni calendarios” es el corazón filosófico que bombea sangre a todo el poemario. Demuestra que la “seda” del título no es solo la piel de la amada, sino también la textura cálida de una tortilla, el vapor de un café, la urdimbre de los días compartidos.
Esta reivindicación de lo pequeño, de lo doméstico, es profundamente subversiva en un mundo que a menudo valora solo lo monumental.
La propia escritura se vuelve un personaje central, un refugio y un acto de creación ontológica. En Soledad, el poeta se dirige a esta entidad como a una amante: “Ven... / cúbreme con tu manto”. La escritura no es un medio: es un fin y un santuario. La petición “déjame sentirte en el susurro de la tinta” eleva el acto de escribir a una experiencia sinestésica.
Y la revelación culminante: “Hoy quiero escribirte / pero no con letras / sino con el pulso de mi alma inquieta / con la sangre bailando en mi interior”, define la poética de Sabillón como una forma de escritura orgánica. La tinta es sangre, el ritmo del verso es el pulso del corazón. Es un intento desesperado y sublime de abolir el tiempo (“que los relojes pierdan el ritmo”) y el espacio, para habitar esa dimensión pura donde solo existen el sentimiento y su expresión.
En Lazos Inquebrantables, la angustia ante la posible partida se despliega en una cascada de imágenes apocalípticas y bellísimas. La ausencia futura amenaza con “incinerar” las caricias con “hielo”, con quebrar el pincel del artista, con devorar al yo lírico “con tenazas níveas”. El poema se fragmenta visualmente hacia el final: “clamarán / al filo / de / las / espadas”, como si la propia sintaxis se rompiera bajo el peso de la desesperación, un recurso que denota un dominio magistral de la forma como eco del contenido.
En definitiva, Aldu Sabillón, en Seda y Poesía, logra lo que solo la poesía más auténtica puede conseguir: crear un lenguaje propio para nombrar lo universal. Su obra es un crisol donde la melancolía del romanticismo se funde con una sensibilidad moderna que encuentra lo sublime en la sencillez.
Es un libro que duele y consuela, que evoca la pérdida con una precisión desgarradora para, inmediatamente después, celebrar la vida con una ternura que redime. Sabillón ha tejido, verso a verso, un manto de seda y palabras lo suficientemente fuerte como para arropar el alma del lector, demostrando que incluso desde el eco de una voz ausente y la ceniza de un instante extinguido, es posible hacer renacer un universo entero.
Su poesía no es un espejo de la vida: es uno de sus refugios más lúcidos y habitables.

Melvin Salgado
Poeta hondureño